lunes, 13 de diciembre de 2010

J

J. R. R. TOLKIEN


- ¿Qué quieres decir?- preguntó Gandalf-. ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene se bueno?
- Todo es a la vez -dijo Bilbo- (...)

(Gandalf y Bilbo, El Hobbit, J. R. R. Tolkien)

El hobbit dio un brinco cuando oyó el siseo, y de repente vio los ojos pálidos clavados en él.
- ¿Quién eres? -preguntó, adelantando la espada.
- ¿Qué ess él, preciosso mio? -susurró Gollum (que siempre se hablaba a sí mismo, porque no tenía a ningún otro con quien hablar). Eso era lo que quería descubrir, pues en verdad no tenía mucha hambre, sólo curiosidad; de otro modo hubiese estrangulado primero y susurrado después.
- Soy el señor Bilbo Bolsón. He perdido a los enanos y al mago y no sé dónde estoy, y tampoco quiero saberl, si pudiera salir.
- ¿Qué tiene él en las manoss? -dijo Gollum mirando la espada, que no le gustaba mucho.

(Bilbo y Gollum, El Hobbit, J. R. R. Tolkien)

En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el fepuldo, casi le hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que hizo entonces, y se diría << Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y metiste la pata>>.

(El Hobbit, J. R. R. Tolkien)

- ¿Dónde has ido, si puedo preguntártelo? -dijo Thorin a Gandalf mientras cabalgaban.
- A mirar adelante -respondió Gandalf.
- ¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?
- Mirar hacia atrás.
- De acuerdo, pero ¿no podrías ser más explícito?


(Gandalf y Thorin, El Hobbit, J. R. R. Tolkien)

- Nos envía Dain hijo de Nain -dijeron cuando se les preguntó-. Corremos junto a nuestros parientes de la Montaña, pues hemos sabido que el reino de antaño se ha renovado. Pero ¿quiénes sois vosotros que acampáis en el llano como enemigos ante murallas defendidas? -Esto, naturalmente, en el lenguaje de entonces, cortés y bastante pasado de moda, significaba simplemente: <<aquí no tenéis nada que hacer. Vamos a seguir, osea marchaos o pelearemos con vosotros>>. (...)

(El Hobbit, J. R. R. Tolkien)

- ¿Lástima? Sí, fue lástima lo que detuvo la mano de Bilbo. Lástima y misericordia: no matar sin necesidad. Y ha sido bien recompensado. Frodo, puedes estar seguro: la maldad lo rozó apenas y al fin pudo escapar por el modo en que tomó posesión del Anillo, con lástima.
(...)
- La merece, sin duda. Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispersar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.

(Gandalf, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, J. R. R. Tolkien)

- ¡He aquí la razón! –dijo Frodo-. Los atajos cortos traen retrasos largos; pero las posadas lo alargan todavía más. Te mantendremos alejado de La Perca Dorada, a toda costa. ¿Qué te parece Sam?

(Frodo, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, J. R. R. Tolkien)

- No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida.

(Aragorn, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, J. R. R. Tolkien)

- Donde no falta voluntad, siempre hay un camino.

(Eowyn, El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey, J. R. R. Tolkien)





JANDY NELSON


Había una vez dos hermanas
que compartían la misma habitación,
la misma ropa,
los mismos pensamientos en el mismo instante.
Aquellas dos hermanas no tenían madre
pero se tenían la una a la otra.
La hermana mayor caminaba delante de la menor
para que la menor siempre supiera adónde ir.
La mayor llevaba a la menor al río
donde flotaban boca arriba
como hombres muertos.
La mayor solía decir:
Mete la cabeza unos centímetros,
luego abre los ojos y levanta la vista al sol.
La menor:
se me va a meter agua en la nariz.
La mayor:
venga, hazlo
así que la menor lo hizo
y todo su mundo se llenó de luz


(Lennie, El Cielo Está en Cualquier Lugar, Jandy Nelson)

Joe me mira con una sonrisa del tamaño de los Estados Unidos continentales. Me pregunto si mira así a todo el mundo. ¿Será un tarado? Sea lo que sea, o tenga lo que tenga, la cosa es contagiosa. Sin darme cuenta siquiera, me pongo a la altura de sus EEUU continentales y les añado Puerto Rico y Hawaii. Debo parecer La viuda alegre. Por Dios.

(El Cielo Está en Cualquier Lugar, Jandy Nelson)

Ese chico sonriente que tengo delante, en cambio, parece brillar con luz propia. Debe de venir de una parte de la Vía Láctea donde la gente es de lo más amable, pienso mientras intento reprimir la sonrisa de idiota que llevo en la cara…

(El Cielo Está en Cualquier Lugar, Jandy Nelson)

Bailey, ¿tú quiere a Abu más que a mí?
No.
¿Al tío Big?
No.
¿Y que hay de Toby?
No quiero a nadie más que a ti, Lennie, ¿vale?
Yo tampoco.
Entonces ya está.
¿Nunca desaparecerás como mamá?
Nunca.
¿Prometido?
Dios, cuántas veces tengo que repetírtelo.
Nunca desapareceré como mamá.
Ahora vete a dormir.


(Lennie, El Cielo Está en Cualquier Lugar, Jandy Nelson)

Un día, hace años, estaba tirada en el jardín de Abu y Big me preguntó que estaba haciendo. Le dije que estaba mirando al cielo. Él dijo: "Eso es un error de planteamiento, Lennie, el cielo está en cualquier lugar, empieza en tus pies".
Al besar a Joe, por primera vez en la vida me lo creo.

(El Cielo Está en Cualquier Lugar, Jandy Nelson)





JAVIER RUESCAS

¿Os imagináis al príncipe yéndose del baile a las 12 de la noche? ¿Y a un pueblo medieval usando electricidad? ¿Y si además la doncella decidiera escapar de la torre custodiada por un dragón por sus propios medios?

( Cuentos de Bereth: Encantamiento de Luna, Javier Ruescas)

El amor es tan furtivo como un pájaro. Espera a que sea él el que se acerque a ti, después limítate a decidir si quieres alargar el brazo para acariciarlo, o si por el contrario quieres dejarlo escapar.

( Cuentos de Bereth: Encantamiento de Luna, Javier Ruescas)

Las guerras más mortíferas del Continente se libraban en las bibliotecas; entre libros y estanterías, con una pluma como espada y la tinta como sangre.

( Cuentos de Bereth: Encantamiento de Luna, Javier Ruescas)

─Cuando uno se da cuenta de que su Futuro no es tan deslumbrante como en un principio creía y además tiene la convicción de que, más adelante, habrá personas que llegarán a superarle, es lógico que intente hacer algo para evitarlo, ¿verdad?

(Tempus Fugit. Ladrones de Almas, Javier Ruescas)

─¿Cómo se ha llegado a esto? ─preguntó a Hanna en un susurro, como si temiera molestar a alguna criatura.
─Supongo que una vez que ya no quedaba más mundo que destruir, tuvimos que convertirnos en héroes e intentar salvar todo lo que se pudiera ─arguyó.

(Tempus Fugit. Ladrones de Almas, Javier Ruescas)





JENNIFER BOSWORTH

─Somos miembros del Círculo de los Buscadores –dijo.
-El Círculo de los Buscadores ─repetí despacio─. Lo que vosotros digáis. ¿Y qué <<buscáis>>? ¿Un tesoro enterrado? ¿El santo grial?
─A gente ─contestó, y los cuatro bajaron la man─. A gente como tú.

(Fulminada, Jennifer Bosworth)

El viento cargó contra mí de pronto y me hizo perder el equilibrio. Me caí hacia atrás, levanté la cabeza y lo que vi sobre mí me detuvo el corazón para luego hacer que latiera más rápido que nunca. Más rápido de lo que cualquier corazón tiene derecho a latir.
Unas nubes negras llenaban el cielo sobre mi cabeza y pendían tan bajo que podía pasar los dedos entre ellas si decidía hacerlo. Hervían, crecían y se expandían.
Sentí la carga del edificio. Dentro de las nubes. Dentro de mí. Cargas opuestas que necesitaban conectar.
Me puse de pie y alcé las manos hacia el cielo, deseando que el rayo viniera a mí.

(Fulminada, Jennifer Bosworth)





JENNIFER L. ALMENTROUT

- No tiene carnes. ¿Cómo se supone que va a luchar y defendernos? No merece entrenarse enel Covenant y servir al lado de los hijos de los dioses.
Nunca había visto un dios, pero mi madre me dijo que estaban siempre entre nosotros, siempre observando.

( Covenant: Daimon, Jennifer L. Armentrout)

Y como a mi cerebro le gusta torturarme incluso estando dormida, soñé con Matt. Pero el Matt del sueño tenía el pelo oscuro y ondulado, y los ojos como nubes de tormenta. Y en el sueño, cuando paseaba sus manos por mi vestido, no le paré.

( Covenant: Daimon, Jennifer L. Armentrout)

Hice lo único para lo que me habían entrenado a no hacer nunca en el Covenant, lo que no quería hacer, pero sabía que debía hacer.
Corrí.
Con las mejillas aún húmedas por las lágrimas y las manos manchadas con la sangre (...), corrí.

( Covenant: Daimon, Jennifer L. Armentrout)


Mi cerebro rápidamente repasó las lecciones del Covenant, las que nos enseñaban sobre pura sangres que habían probado el éter y se habían pasado al lados oscuro.
Lección número uno: no trabajan bien en equipo.
Falso.
Lección número dos: no viajan en manada.
Falso también.
Lección número tres: no comparten la comida.
Falso también.
Y lección número cuatro: no cazan mestizos.Iba a pegarle tal patada al Instructor del Covenant si lograba salir de ahí con vida...

( Covenant: Daimon, Jennifer L. Armentrout)

Miró hacia mí, claramente sin impresionarse.
- No podrás salir del Covenant sin permiso o... no me mires así.
- Jesús, ¿cuántos años tienes? -sabía bien cuántos años tenía, pero quería meterme con él.
Aiden se crujió el cuello.
- Haré veintiuno en octubre.
- Aha -agité la botella-. Así que siempre has sido tan... ¿maduro?
Frunció el ceño.- ¿Maduro?
- Sí, suenas como un padre -puse la voz mñas grave e intenté parecer seria-. No me mires así o sino...
Aiden pestañeó despacio.
- Yo no sueno así, y no he dicho <<o si no...>>.

(Aiden y Álex, Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)

- ¿Álex?
(...)
- ¿Sí?
Se apartó un mechón de pelo oscuro de la frente y me mostró esa sonrisilla ladeada.
- Me acuerdo de ti.
Me extrañé.
- ¿Qué?
La sonrisilla aumentó a una enorme sonrisa. Y... oh, amigo. Tenía hoyuelos. Me quedé sin aire.
- Yo también me acuerdo de ti.

( Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)

- ¿Qué lees?
No levantó la vista.
- Si puedes leer mientras te ejercitas es que no estás haciendo suficiente.
(...)
- ¿Quién leer libros tan grandes por diversión?
Aiden levantó la cabeza, atravesándome con su mirada aburrida.
- ¿Quién habla para que nadie le escuche?
Abrí los ojos.
- Hoy estás de un humor adorable.
(...)
- Tienes que trabajar en la fuerza de la parte superior de tu cuerpo, Álex. no en tus habilidades del habla.
(...)
- Álex, deja de mirarme y haz algo de cardio -pasó otra página.
Pestañeé.
- Espero que ese libro tuyo vaya sobre el encanto y habilidades de personalidad.
¡Ja! Apareció esa sonrisa fantasma.
- Cardio, haz cardio. Eres rápida, Álex. Los daimons también son rápidos, y los daimons hambrientos más aún.

(Aiden y Álex, Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)

- ¿Otra vez los bloqueos? Es lo único que hemos hecho estas semanas.
Aiden cruzó los brazos sobre el pech. llevaba una camiseta blanca lisa. Le sentaba bien, muy bien.
- No es lo único que hemos hecho.
- Vale. Estoy lista para pasar a algo más, como entrenar con cuchillos o defensa contra las artes oscuras. Cosas guays.
- ¿Acabas de citar a Harry Potter?
Sonreí.
- Puede.

(Aiden y Álex, Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)

- He estad buscándote -se puso a mi lado a mi paso-. Al parecer te has refugiado en tu residencia, y tus amigos me han dicho que lo chicos no podemos entrar ahí. Yo no soy una excepción, lo que encuentro frustrante y muy irritante. Las pequeñas y estúpidas reglas del Covenant no deberían aplicarse a mí.
(...)
- Así que estaba esperando a a que reaparecieses.
(...)
- ¿Por qué?
(...)
- Quiero saber qué eres.
(...)
- Soy una mestiza.
Arqueó una ceja rubia.
- Wow. No tenía ni idea de que eras una mestiza, Alexandria. Me has dejado flipando.
Le miré con los ojos entrecerrados.
- Llámame Álex. ¿Entonces por qué has preguntado?
- Sí, ya lo sé. Todo el mundo te llama con nombre de chico.

(Seth y Álex, Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)


Cogí la toalla con fuerza.
- Si alguna vez vuelves a decir una estupidez así, te asfixiaré mientras duermes.
Levantó sus cejas doradas.
- Pequeña Álex, ¿estas sugiriendo que durmamos juntos?
Asombrada por cómo había podido llegar a esa conclusión, bajé la toalla.
- ¿Qué? ¡No!
- ¿Entonces cómo ibas a poder asfixiarme mientras duermo a menos que estuvieses en la cama conmigo? -sonrió-. Piensa en ello.
- Oh, cállate
Se encogió de hombros y miró hacia la puerta.

(Seth y Álex, Covenant: Mestiza, Jennifer L. Armentrout)

- Supones bien -Clive me empujó hcia las escaleras. Lo puros eran ricos, en serio, tenían mucho más dinero del que nadie pueda imaginarse. Y aún así no había ni un solo ascensor en todo el campus-. Crees que te puedes salir con la tuya sin represalias, ¿verdad? Eres la sobrina del decano, la hijastra del Patriarca y el próximo Apollyon. eres especial, ¿no?
Tenía la oportunidad de pegarle, pero con mi puño en vez de con una manzana. Logré soltarme el brazo.
- Sí, soy así de especial.
- Recuerda que aún eres una mestiza, Álex.
- Recuerda que soy la sobrina del decano, la hijastra del Patriarca y el próximo Apollyon.
Clive dio un paso adelante, con su nariz casi tocando la mía.
- ¿Me estás amenazando?
Me negué a echarme atrás.
- No. Solo te estoy recordando lo especial que soy.
Se quedó mirándome un momento y luego dio una risotada ronca y corta.
- Igual hasta tenemos todos la suerte y, volviendo sola a tu residencia, te conviertes en el apareitivo de un daimon. Buenas noches.

(Seth y Álex, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

Te metiste dentro de mí, te convertiste en parte de mí.

(Aiden, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

- ¿Qué estuvisteis practicando Aiden y tú ayer?
Lo agarré de la muñeca tratando de rompérsela. Seth pareció leerme el pensamiento, porque entrecerró los ojos justo antes de soltarme.
- Estábamos entrenando y, ¿por qué tienes que sentarte encima de mí para hablarme?
- Porque puedo y porque me gusta.
Quería pegarle.
- Bueno, pues a mí no me gusta. Así que quítate.
En vez de eso, se echó hacia delante, con su cara a pocos centímetros de la mía.
- No me gustan tus entrenamientos con Aiden. Así que no, no voy a quitarme.
Tenía la garganta seca.
- Lo que pasa es que Aiden no te gusta.
- exacto. No me gusta. No me gusta cómo te mira, y dsde luego no me gusta cómo me mira.
Intenté mantener una expresión vacía, pero sentía las mejillas ardiendo.
- Aiden no me mira de ninguna forma rara. Y a ti te mira asíporque eres raro.
Rió.
- Ya, no creo que sea eso.

(Seth y Álex, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

Todo cambió el momento en que naciste.

(Seth, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

Tienes más de pura que de mestiza.

( Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

- Él no es lo que parece. Los tiene a todos engañados, se tiene engañado. El pobre no lo ve. Él no lo ve y ha marcado su destino -suspiró-. Está jugando a dos bandas. Tú no lo sabes, no lo podrías saber. Él... -dio unos pasos hacia atrás y el bastón se le cayó de las manos, golpeando contra el suelo de mármol y rompiéndose en una docena de trozos.

(Piperi, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

Puse las manos contra la pared, tiritando de frío.
- No tienes por qué hacerlo.
- Eres la persona más frustrante que conozco.
Puse los ojos en blanco.
- ¿Y por eso quieres besarme? Estás pirado.
Sus ojos parecían oro líquido.
- ¿Sientes ahora la conexión?

(Seth y Álex, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

- Puedes elegir seguir perdiendo el tiempo con algo que nunca podrás tener.
Tragué saliva.
- ¿O?
Sonrió.
- Puedes elegir no hacerlo.

(Seth y Álex, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

Se lamió los labios.
- Apollyon...
- Oh, venga, ¿en serio podéis olerlo? -giré la hoja por el lado curvo y se la clavé en el estómago.
- Hueles a calor y a verano -Seth apareció a mi lado-, te lo dije, hueles bien.
- Bueno, pues tú hueles a... a...
Seth esperó, con las cejas levantadas.
Abrí los ojos de par en par. Por encima de su hombro, pude ver al menos a cinco puros más viniendo por el pasillo.
- Daimons.
- ¿Huelo a daimon? -parecía decepcionado.
- No, idiota, que vienen daimons.
Seth miró hacia atrás.
- Oh. Vaya, mierda. Habrán logrado derribar la entrada.
- Eso no es bueno.

(Seth y Álex, Covenant: Puro, Jennifer L. Armentrout)

- Gracias -musité antes de añadir entre dientes-, tarado.
Soltó una carcajada.
- Eso no es propio de una señorita, gatita.
Me volví dando un respingo.
- Nunca vuelvas a llamarme así -le espeté.
- Es mejor que llamarle <<tarado>> a alguien, ¿no? -Salió por la puerta-. Qué visita tan estimulante. La recordaré mucho tiempo.
Aquello ya era suficiente.
- ¿sabes qué? Tienes toda la razón. Mira que llamarte tarado... Esa es una palabra que no te define bien -le dije sonriendo-: <<gilipollas>> te pega más.
- Conque <<gilipollas>>, ¿eh? -repitió-. Eres un encanto.

(Daemon y Kat, Obsidian, Jennifer L. Armentrout)

Empecé a darme cuenta de cosas. De detalles.
(...)
Me volví a toda prisa para mirar a Dee, quien parecía ajena a todo; aunque quizá hacía lo posible por ignorarlo. La tensión se palpaba en el ambiente. Parecía que alguien hubiera dibujado una línea en el suelo y yo la hubiera cruzado. Sentía que todos me miraban con desconfianza y con otra emoción que era mucho peor.
Miedo.

(Kat, Obsidian, Jennifer L. Armentrout)

Un momento...
- ¿Te caigo bien?
- Siguiente pregunta.
- ¿Está permitido que salgáis con humanos?
Se encogió de hombros.
- Permitir es un palabra demasiado fuerte, quizá. ¿es algo que pasa? Sí. ¿Es aconsejable? No. Podemos salir con humanos pero... para ¿qué? Si tenemos que esconder nuestra verdadera identidad, una relación no puede durar mucho.
- ¿Sois como nosotros en determinados... ejem, aspectos?
Daemon arqueó una ceja?
- ¿A qué te refieres?
Me puse como un tomate.
- Al sexo, quiero decir... Con eso de que brilláis y tal... No sé cómo debe funcionar la cosa.
A Daemon se le dibujó en la cara una media sonrisa, la única advertencia que me dio. Se movió a una velocidad increíble y pronto me encontré de espaldas contra la roca y él, encima de mí.
- ¿Me estás preguntando si me atraen las humanas? -dijo. El pelo le caía hacia delante en ondas. Unas gotitas de agua le recorrían los mechones y acababan salpicándome la mejilla-. ¿O si eres tú la que me atrae?

(Daemon y Kat, Obsidian, Jennifer L. Armentrout)

- Los Arum lo matarán -dijo sin alterarse un ápice-. Por tu culpa, humana del demonio. Lo matarán por protegerte.

(Ash, Obsidian, Jennifer L. Armentrout)

- ¿Qué soy?
- Ignorante -contesté, dando un paso atrás.
- ¿Y qué más? - Él dio un paso adelante.
- Prepotente, controlador... -Di otro paso atrás, pero él seguía invadiendo mi espacio personal y más-. Y un... cretino.
- Venga ya, gatita, seguro que puedes hacerlo mejor. -Su voz era cada vez más grave a medida que se acercaba a mí. Casi ni la oía por culpa de la lluvia y de los latidos de mi corazón-. Todavía no me creo que no te sientas atraída por mí.
Me obligué a reír.
- No me atraes en absoluto.
Daemon dio otro paso más y mi espalda chocó contra la pared.
- Mientes.

(Daemon y Kat, Obsidian, Jennifer L. Armentrout)





JESHUA MORBUS


–No te pases de listo –el otro comenzó a hacer gala de su tono amenazador. –Sabes que...
–Me da igual –así es como acaban las cosas: de golpe y sin avisar. –Si pretendes matarme, inténtalo; si quieres torturarme, encuéntrame; si quieres hacer daño a mi familia, no lo lograrás y si pretendes desprestigiar a mi padre, esconderé a Mógel en un lugar en el que no habrá dios que sea capaz de encontrarla.


(Jefe y Darío, Los Hilos del Titiritero, Jeshua Morbus)

– ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
– Quince años –mi ceja derecha se disparó en mi frente y, de nuevo, sopesé qué edad tenía esa niña que tenía delante de mí: Dejando a un lado toda preconcepción y fijándome sólo en detalles objetivos a simple vista, no podía darle más de doce años a Mógel.
– ¿Y cuántos años se supone que tienes tú? –quería ver cómo reaccionaba ante la pregunta pero ella no se alteró en absoluto al responderme:
– Treinta y seis.
Suspiré.
– Muy bien, pequeña Mógel: Hay que reconocerte el mérito de que sabes mentir sin despeinarte un pelo. ¿Qué tal si pasamos a contar verdades?


(Mógel y Darío, Los Hilos del Titiritero, Jeshua Morbus)





JEZZ BURNNING

- Si no eres un ángel enviado para matarme. ¿Qué eres entonces?
- Soy aquel que no fue capaz de confesar su amor. El que te culpa injustamente, pues es la única manera de perdonarme a mí mismo.


(Rodrigo e Inés, Femenino Singular: Estigma ed Piedra, Jezz Burnning)





JILL HATHAWAY

Me alejo del escritorio y veo la cama. Definitivamente es la cama de Sophie, pero el color es diferente ahora. Antes, la cama estaba cubierta con un edredón de color blanco impecable. Ahora la cama tiene un color granate oscuro. Y está húmeda. Empapada. Hay algo sobre la cama. Es Sophie. Su pelo, negro como la tinta, le enmarca el rostro. Sus brazos yacen indefensos al lado, un tajo en cada muñeca.
No.
No.
Esto no puede estar pasando.
es entonces que veo lo que llevo en mis manos enguantadas: un cuchillo largo y plateado.
oh, mierda. Oh, no.
¿Quién le ha hecho esto a Sophie? ¿En quién me he deslizado?
Pero antes de que pueda averiguarlo, me he ido.


(Sylvia, Jill Hathaway)

Sophie no se suicidó.
La asesinaron.
Y yo estuve allí.


(Sylvia, Jill Hathaway)

- ¿Nos escaqueamos? -digo y la pregunta ha salido tan de la nada que me sorprende incluso a mí.
- ¿Y adónde vamos?
- Conozco un lugar.
Zane sonríe. No sabe que él es mi refugio, el lugar al que quiero escapar.


(Zane y Sylvia, Sylvia, Jill Hathaway)

Necesito más tiempo para averiguar lo que está pasando, qué hacía con esas fotos de Sophie y Amber. Pero luego me digo que quizás es el momento perfecto para interrogarlo sin piedad. Quiero decir, si él es el asesino, no se atreverá a matarme en mi propio dormitorio con mi padre al final del pasillo. ¿No es ciero? Excepto por el hecho de que el asesino de Sophie la mató con sus padres ahí mismo, al final del pasillo. Mierda.

(Sylvia, Jill Hathaway)





JOHN BOYNE

─De verdad, hijos míos, tenéis una imaginación extraordinaria. No sé de dónde la habéis sacado. Ni vuestra madre ni yo tenemos imaginación, y es evidente que no os hemos educado para que vosotros la tengáis.

(El Increíble Caso de Barnaby Brocket, John Boyne)

─¿Dicen que vuestro pequeño Barnaby flota? ¿Y qué importa? Tenemos un niño de seis años que salta como un canguro. Otro que participó en un robo a mano armada de una tienda de licores y se niega a decir dónde escondió el botín. Un tercero que habla francés con soltura. Pero ¿acaso les recriminamos esas cosas? No, señores.

(El Increíble Caso de Barnaby Brocket, John Boyne)






JOHN GREEN


─¿Crees que hay vida después de la muerte?
─Pienso que la vida eterna es una idea incorrecta ─le respondí.
Sonrió.
─Tú sí que eres una idea incorrecta.
─Lo sé. Por eso me sacan de aquí.
─No tiene gracia ─me dijo, mirando la calle.


( Bajo la Misma Estrella, John Green)

─Este me encanta. ¿A ti no?
Supongo que yo estaba mirando el estímulo de encima de la tele, un dibujo de un ángel con la leyenda: «Sin dolor, ¿cómo conoceríamos el placer?»
(Podríamos analizar este estúpido y poco sofisticado argumento sobre el sufrimiento durante siglos, pero baste decir que la existencia del brócoli en ningún caso afecta al gusto del chocolate.)
─Sí ─contesté─. Una idea preciosa.


( Bajo la Misma Estrella, John Green)

─¿Sabes? ─me dijo algo después─, es una chiquillada, pero siempre pensé que mi esquela aparecería en todos los periódicos, que tendría una historia que merecería la pena contar. Siempre tuve la secreta sospecha de que era especial.
─Lo eres ─contesté.
─Ya sabes lo que quiero decir.


( Bajo la Misma Estrella, John Green)

─[…]. Y no olvidamos a los queridos compañeros que se marcharon contigo: Maria, Kade, Joseph, Haley, Abigail, Taylor, Gabriel…
La lista es larga. El mundo está lleno de muertos. Y mientras Patrick siguió con su cantinela, leyendo la lista de una hoja de papel, porque era demasiado larga para que se la supiera de memoria, mantuve los ojos cerrados e intenté centrarme en la oración, pero sobre todo imaginaba el día en que mi nombre pasara a formar parte de esa lista, al final de todo, cuando ya todo el mundo hubiera dejado de escuchar.


( Bajo la Misma Estrella, John Green)




JÒNIA ANATÒLIA

—¿No me vas a responder? —le pregunté con tono despreocupado aunque la curiosidad me matara por dentro.
—No es de tu incumbencia —me contestó tajantemente—, así que no te metas, penosa.
Aquel se había convertido ya en mi apodo —lo sé, era lamentable. Me levanté y, enfurecida, le lancé la cuchara a la cabeza, que produjo un ruido sordo al impactar contra esta. Cristian gritó de dolor llevándose la mano al punto de impacto y se giró para clavarme su furiosa mirada.
—¡¿Pero tú estás tonta?!
Por mucho que gritase, él ya no daba tanto miedo como antes y la verdad es que no sabía el por qué, simplemente ya no me daba miedo. Me acerqué a paso ligero y me planté frente a él, le miré a los ojos y le pregunté despreocupadamente.
—¿Te apetece comer helado conmigo?
Una mueca de incredulidad se adueñó de sus rasgos por unos segundos y después se rindió suspirando resignado.
—¿Nunca te han dicho que lanzarle una cuchara a alguien no es una buena manera de invitarle a comer helado?
—No se me ocurrió otra, además, me estabas insultando.


(Cristian y Miriam, Apuesto por Ti, Jònia Anatòlia)

—Nunca pretendí ser como soy ahora. ¿Crees que me gusta? Pues te equivocas.

(Cristian, Apuesto por Ti, Jònia Anatòlia)

—Pero no fue un beso de verdad —me defendí.
—Ya veo —me dijo con una sonrisa, de oreja a oreja, pintada en el rostro—, Míriam se ha enamorado de su hermanito.
Algo de lo que dijo me molestó en lo más profundo del alma y quise decirlo, «no estoy enamorada de él» pero no fue aquello lo que dije.
—¡Él no es mi hermano!
Andrea ocultó el rostro tras una almohada y me miró por la parte de arriba.
—Lo sé, por eso sonrío —se burló divertida.


(Miriam y Andrea, Apuesto por Ti, Jònia Anatòlia)





JORDI SIERRA I FABRA

- No se puede vivir con rabia.
- Al contrario: la rabia es lo único que te permite vivir.


(Dora y Elena, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- Cada cual encuentra lo que merece, no lo que busca.

(Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- Maldita sea...
Volvió al pasillo. Hilario ya se había ido. Podía llamarle al móvil o esperar al día siguiente, pero necesitaba decírselo ya.
necesitaba liberarse de su estupidez.
Se asomó a la ventana, ligeramente elevada sobre el nivel de la calle, como si se tratara de un falso primer piso. Hilario tenía aparcada la moto allí mismo. Ya la había puesto en marcha y se estaba poniendo el casco.
- ¡Eh!
No la escuchó. Acabó de colocárselo y se dispuso a iniciar la marcha.
- ¡Eh!
Buscó a su alrededor. Lo único disponible era una lata de limonada vacía que su abuelo había dejado sobre el estante.
La cogió, apuntó y se la tiró.
Le dio en la cabeza.
Hilario miró hacia arriba. Luego la vio a ella.
- ¡Iré!
No supo si la había oído, pero le bastó su asentimiento con la cabeza.


(Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- ¿Sabes qué decía Oscar Wilde? -preguntó su tutor.
- No.
- Que la experiencia es la suma de nustros errores.
- O sea que yo tengo mucha experiencia -reconoció con una mezcla de risteza y humildad.


(Urbizu y Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

Volvieron a abrazarse.
Creían que eran lágrimas, pero fue el cielo el que de pronto las convirtió en lluvia sobre ellos.


(Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- ¿Estás bien?
- Sí, lo siento. te he estropeado la noche.
- La noche eras tú (...)


(Hilario y Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- Me estás mirando -musitó Dora.
- Sí.
- Vete, por favor.
- No.
- ¿Por qué?
- Hemos venido a hacer esto juntos, y lo haremos.
- No me refería a que te fueras del piso, solo de aquí. No quiero que me veas así.
- Estás preciosa.
Dora entreabrió los ojos.
- Entonces ven -dijo.
Hilario se acercó un poco.
Quedó casi frente a su rostro, separado por apenas unos centímetros.
- No quiero llorar -gimió Dora.
- No lo hagas.


(Hilario y Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)

- Quizás mañana la palabra amor...
- sigue.
- ... tenga un sentido para ti -concluyó la frase.


(Hilario y Dora, Quizás Mañana la Palabra Amor..., Jordi Sierra i Fabra)





JOSE ANTONIO RAMÍREZ

Sin tiempo para confirmar la alerta, un joven soldado hizo aparición de entre las sombras y le tomó los brazos colocándoles una hoja de acero en el cuello presionando su arteria.
—Respira más de la cuenta, mueve un sólo pelo o parpadea cuando no debas y tus amigos volverán a su agujero contigo en dos piezas.


(La Hermandad Hojanegra, Jose Antonio Ramírez)

—¿Qué me quieres decir?
—Creo, amigo, que algo peligroso e inteligente se ha hecho con el control del ejército de los demonios de la Discordia. Si esos asquerosos babeantes aprenden a hacer la guerra desde abajo y no lanzándose como locos contra el muro, estaremos acabados.


(Aodan y Rain, La Hermandad Hojanegra, Jose Antonio Ramírez)

—Eres un descerebrado. Lo supe desde el primer día que me asignaron como tu compañera. No tienes medida ni control, sólo eres un niñato que se divierte aprovechando el apellido de su familia.
—Vuelve a decir eso, soldado, y acabo contigo aquí mismo.
La guerrera se acercó hasta Rain y le posó la mano en su nuca, acariciándole el pelo y juntando sus labios a su oído de forma sensual.
—No eres más que un nombre, soldado.


(Rain y Eleah, La Hermandad Hojanegra, Jose Antonio Ramírez)

—¡Mal, señor Evans, muy mal! ¡Lo hacía bien desde el principio! Si duda, lo matan, si pregunta, se pone en evidencia. Agarre la daga con la mano contraria para hacer creer al enemigo que es la que domina. Los soldados de la Hermandad son artistas del engaño, juegan con los sentidos del rival, desvían la atención, siempre aparentan ser más de lo que son.
—¿Me está engañando ahora, maestro? —preguntó Noah con una mirada pétrea.
El doctor Sander sonrió satisfecho por la pregunta del chico.


(Sander y Noah, La Hermandad Hojanegra, Jose Antonio Ramírez)

—Así se libran las guerras, chico. La nobleza no gana batallas.

(Colrath, La Hermandad Hojanegra, Jose Antonio Ramírez)





JOSÉ LUIS VILLALBA

En ese primer momento en que tuve el cuaderno en mis manos y tanteé su textura suave, decidí tomar algunas notas de mi viaje, aunque secretamente es posible que lo hubiese decidido con anteroridad.

(El Cuaderno Chino, José Luis Villalba)

La cerveza era sólo la excusa para dejar que el tiempo corriese a su ritmo, para disfrutar del crepúsculo parisino con calma, sin pensar en e pasado, sólo permanecer allí y descansar de la caminata; sólo estar, limitarse a observar el entorno, acercarse en definitiva al estado meditativo de los maestros Zen y convertirse en el espectador absoluto. Al mismo tiempo éramos conscientes de dónde nos encontrábamos y aunque estuviésemos perdiendo el tiempo, disfrutábamos de cada segundo perdido.

(El Cuaderno Chino, José Luis Villalba)

Tenía que confiar ciegamente en su conducción, cosa que me costaba bastante trabajo porque él seguía colocado con el porro, y a veces yo notaba que se olvidaba por completo de mis rodillas. Pasaba demasiado cerca de los obstáculos.
- ¡¡Mario!! -gritaba yo desde atrás- ¡¡Recuerda que llevas una carga muy valiosa aquí detrás!!
- ¡Sí, ¿eh?! ¡Ja, ja! ¡Mercancía muy preciada! ¡Tenemos a todo un artista ahí detrás, ¿eh? ¡¡Ja, ja, ja!!
- ¡¡No, cabrón!! ¡¡Lo que llevas detrás es una puta persona, simplemente!!
Mario continuó como si nada. Se estaba vengando.


(El Cuaderno Chino, José Luis Villalba)

Me entraron ganas de machacarlo a puñetazos. Si yo lo propongo no vale, pero si lo propone un pakistaní desconocido con cara de pocos amigos y del cual ni siquiera te fías, entonces sí... manda huevos.

(El Cuaderno Chino, José Luis Villalba)





JOSEPHINE ANGELINI

—Lo sé, soy tan pazguata que creo que se ha convertido en algo vírico —replicó Helena, perdonando así las burlas de su amiga, como siempre—. ¿No te asusta que pueda contagiarte y te transformes en una perdedora como yo?
—Para nada. Soy tan formidable que me considero inmune. De todas formas, los pazguatos sois los mejores. Sois todos deliciosamente corruptibles. Y me encanta ver cómo te ruborizas cada vez que menciono tu ropa interior.”


(Héctor y Helena, El Despertar: Predestinados, Josephine Angelini)

Héctor no cesaba de gritarle a Lucas:
—¡Puede resistirlo todo! ¡Todo! ¡Jamás había golpeado a nadie con tanta fuerza! ¡Y ella se ha levantado enseguida! ¡Pero no es capaz de atacar! —rugió, con la voz entrecortada. Advirtió que Helena le observaba y la apuntó con el dedo, como si quisiera acusarla de algo—: ¿Crees que puedes quedarte a un lado y dejar que Lucas luche por ti? Eres más fuerte que los dos juntos, pero eres demasiado buena como para enzarzarte en una pelea, ¿no es así, princesa?”

(Héctor, El Despertar: Predestinados, Josephine Angelini)

Tomó la mano de Helena y se la apretó con delicadeza. De inmediato, ella bajó la vista, asombrada de cómo se habían cogido de la mano sin que se diera cuenta. No tenía la menos idea de quién había iniciado esta nueva costumbre entre ellos, pero estaba casi segura que era imposible detenerla.

(El Despertar: Predestinados, Josephine Angelini)




JOTA J.

- El pasado es importante para poder conocer el presente, y solucionar el futuro. Recuérdalo. -Sus uñas se clavaron en mi piel disimuladamente-. Hasta luego -murmuró.

(James, El Espectro de la Noche, Jota J.)

- El que gana... -Me cogió la mano con delicadeza y se la llevó a los labios depositando un pequeño y tierno beso en ella-, ¿consigue a la dama?

(Stephen, El Espectro de la Noche, Jota J.)

<<Nadie interfiere en nuestros planes. Sólo eres un estorbo>>.

(El Espectro de la Noche, Jota J.)

-Todo excepto la muerte tiene solución, May.

(Stephen, El Espectro de la Noche, Jota J.)

Pero me desmoroné... cuando Dan comenzó a contar.
- Uno.
Dios. Esto es una mala broma, ¿verdad?
- Dos.
Oh, joder.
- ¿Dan?
- Tres.
A cada paso que daba, me sentía más pequeña, más inútil, más impotente, viendo como mi hermano caminaba hacia su propia muerte.

(Dan y May, El Espectro de la Noche, Jota J.)




JULIA QUINN

- Mi esposa tiene mucho frío y, dado su delicado estado, me gustaría que tomase una buena comida.
- ¿Mi estado? -preguntó margaret sorprendida.
Angus le sonrió y le guiñó el ojo.
- Vamos, querida, no creerás que puedes ocultarlo.
(...)
- Por eso soy tan protector. Rodeó los hombros de Margaret con el brazo-. Es una mujer tan delicada.
La <<mujer delicada>> dobló rápidamente el brazo y le calvó el codo en la cintura a Angus.
(...)
- ¿Se ha vuelto loco? -preguntó en voz baja.
- Si no me equivocó, ya había puesto en duda mi cordura y lelgado a la conclusión de que es aceptable.
- Pues me la he replanteado.
Angus le dio una plamadita en el hombro.
- Procure no alterrse. No es bueno para el niño.
(...)
- Deje de hablar del niño -advirtió-. No pienso compartir la habitación con usted.


(Angus y Margaret, Cuatro Novias: Gretna Greene, Julia Quinn)

5 comentarios:

Crónicas de los Reinos dijo...

Vale, tengo que reconocer que adoro El Señor de los Anillos (L)
Así que creo que iré añadiendo más citas de estos libros con el tiempo, que se le va a hacer...

Las reseñas no creo que las haga... ha pasado mucho desde que los leí, y aunque me gustaría hacerlas, no creo que pudiera releerlos solo para eso xD

Así que por ahora me conformo con las citas u//u

Bss!

el hada de las palabras dijo...

Yo no he leido nada de este autor, pero me gustaría leerme algo ^^

Besos guapa!!!

Gnomish dijo...

Me encanta, me encanta, me encanta!

Estoy acabando las dos torres ahora mismo. Quiero acabarme la triología en breves y empezar con canción de hielo y fuego (se me acumulan xD).

Namárië!

yael dijo...

¡Algún día me los tengo que volver a releer! Que ya no me acuerdo mucho de los libros (de las películas sí, por supuesto xD)

Azalea dijo...

Me encanta el señor de los anillossss! Los libros son geniales :) Y tu blog tambíen me gusta mucho, ¡está muy chulo! Yo llevo poquito en la bloggosfera, pero si te quieres pasar por mi blog y echar un vistacillo estaré encantada ;) ¡Te sigo!

~ El baúl de los secretos ~
http://elbauldeazalea.blogspot.com/