martes, 22 de noviembre de 2011

V

VERONICA ROSSI

- ¿Por qué evitas mirarme? -preguntó ella-. ¿Por qué soy una residente? ¿Os resultamos feos a los forasteros?
- ¿Qué pregunta quieres que conteste primero?
- No importa. De todos modos, no me responderás. Tú nunca respondes a las preguntas.
- Y tú no dejas de preguntar.
- ¿Ves a lo que me refiero? Evitas responder, y evitas mirar. Esquivas.
Perry le lanzó la manta. Ella no estaba preparada para cazarla al vuelo. Y le dio en la cara.
- Y tú no.


(Perry y Aria, Bajo el Cielo Eterno, Veronica Rossi)

- Os he estado observando a Rugido y a ti. He deseado ser yo quien te entrenara. -Levantó más los hombros-. Pero ahora no quiero hacerlo.
- ¿Por qué? -preguntó Aria con voz aguda, sin aliento.
Él sonrió, y un destello de timidez iluminó su rostro.
Se acercó más a ella.
- Hay otras cosas que preferiría hacer cuando estoy a solas contigo.
Había llegado el momento de lanzarse al vacío.
- Pues hazlas.


(Perry y Aria, Bajo el Cielo Eterno, Veronica Rossi)

─¿Echas de menos algo alguna vez?
─Sí. A ti. Siempre.


(Perry y Aria, Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

─¿Crees que es la última vez que sus humores van a afectarte? ─prosiguió Arrecife─. Pues quítatelo de la cabeza. Estás atado a una chica a la que nadie quiere por aquí. No se me ocurre nada peor que eso. Te está nublando el buen juicio...
─Eso no es...
─Sí, Perry. No puede quedarse. Eso tienes que comprenderlo. Después de lo que acabas de hacer, los Mareas no la aceptarán, eso es seguro. La has escogido a ella, y no a ellos.


(Arrecife y Perry, Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

─No sé si lo sabes, pero hay una cosa peor que una Aria muda, y es una Aria que habla por hablar.

(Rugido, Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

─Los ideales pertenecen a un mundo solo al alcance de los hombres sabios ─le replicó Castaño en voz baja.

(Castaño, Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

─¿Me estás llamando tonto, Kirra?
Ella sonrió. Era la primera vez que la llamaba por su nombre. Ella se había dado cuenta, y él, a su vez, se dio cuenta de que se había dado cuenta.
─Tonto esperanzado.


(Perry y Kirra, Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

Aria se echó hacia delante. Rodeó a Rugido con los brazos y retrocedió, haciendo que los dos saltaran por encima del muro de piedra del balcón. Los dos etéreos, cayendo, cayendo, cayendo en la oscuridad.

(Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)

Las nubes y las sombras azuladas del éter oscurecían las mañanas, y sus destellos iluminaban las noches. La claridad y la oscuridad se fundían, y sus límites se difuminaban y convertían el tiempo en un día interminable. En una noche eterna.

(Bajo la Noche Eterna, Veronica Rossi)








VERONICA ROTH

- Tú sabes que nunca he mentido -le susurró-. No cuando he podido evitarlo.
- Eso no es cierto, querida; me temo que ahora mismo estás mintiéndome a mí.
- ¿Qué estás diciendo? (...)
- Cuando te enteraste de mi relación con Pamela de Harley, quisiste hacerme creer que te molestaba porque no te había caído en gracia (...) -le comunicó, haciendo que las mejillas de Annabel se pusieran de color de las manzanas maduras-. Y eso no es cierto. Te molestó porque te puso celosa que pudieran haber pasado más mujeres por mi vida de las que tú controlabas. Y te puso celosa porque, aunque no quieras reconocerlo, estás más enamorada de mí de lo que tú misma imaginas. Y eso es todo un conselo -su sonrisa se intensificó al ver que Annabel lo atravesaba con sus pupilas-, porque así no podrás echarme en cara que me siente como un tiro ver a la mujer de mis sueños del brazo de otro hombre. A diferencia de ti, nunca he tratado de enmascarar mis sentimientos. Desde que te vi supe que tendría que esperar (...) para encontrarme con la única persona que he sido capaz de querer... el amor de mi vida (...) -concluyó más bajito.


(Divergente, Veronica Roth)





VICTORIA ÁLVAREZ

- Tú sabes que nunca he mentido -le susurró-. No cuando he podido evitarlo.
- Eso no es cierto, querida; me temo que ahora mismo estás mintiéndome a mí.
- ¿Qué estás diciendo? (...)
- Cuando te enteraste de mi relación con Pamela de Harley, quisiste hacerme creer que te molestaba porque no te había caído en gracia (...) -le comunicó, haciendo que las mejillas de Annabel se pusieran de color de las manzanas maduras-. Y eso no es cierto. Te molestó porque te puso celosa que pudieran haber pasado más mujeres por mi vida de las que tú controlabas. Y te puso celosa porque, aunque no quieras reconocerlo, estás más enamorada de mí de lo que tú misma imaginas. Y eso es todo un conselo -su sonrisa se intensificó al ver que Annabel lo atravesaba con sus pupilas-, porque así no podrás echarme en cara que me siente como un tiro ver a la mujer de mis sueños del brazo de otro hombre. A diferencia de ti, nunca he tratado de enmascarar mis sentimientos. Desde que te vi supe que tendría que esperar (...) para encontrarme con la única persona que he sido capaz de querer... el amor de mi vida (...) -concluyó más bajito.


(Victor y Annabel, Hojas de Dedalera, Victoria Álvarez)

<<Deja de hacer eso>>, le ordenó en un tono repentinamente ronco. <<Es demasiado...>>.
<<¿Indecente?>>, adivinó Victor con aire divertido. Su expresión le recordó a la de un gato de Highgate a punto de comerse un gorrión. <<Claro que lo es. ¿Y acaso importa?>>


(Victor y Annabel, Hojas de Dedalera, Victoria Álvarez)

- (...) En ocasiones pienso que lo que reverenciamos en los cementerios cuando acudimos a visitar las tumbas de nuestros seres queridos no son solamente sus huesos, sino nuestro propio dolor. Construimos panteones para recordarnos lo mucho que amamos a nuestros padres, hermanos, amantes y amigos; queremos que el mundo entero lo comprenda, que nos compadezca por nuestra pérdida, pies lo que nos hace más daño no es pensar en lo que sucede en el Más Allá... sino en lo que nos espera en esta dimensión. La parte más importante de nuestra conciencia desaparece con nuestros muertos. Así que todos estamos un poco muertos, en cierta manera.
(...)
- Has... -comenzó a decir, y tuvo que aclararse la garganta-. Has leído en mi alma.


(Sabine y Annabel, Hojas de Dedalera, Victoria Álvarez)

- Todos tenemos secretos -aseguró Silvana mientras se encogía ligeramente de hombros-. Todos, absolutamente todos. Lo que sucede es que los de algunas personas son más escalofriantes de lo que puedan imaginar los demás. -Dudó un momento antes de añadir, colocando un dedo sobre la nariz de Mario-: Y ahora que te lo he contado todo creo que podrías explicarme, por ejemplo, cómo te rompiste esto, y por culpa de quién.
Esta vez fue Mario quien se sonrojó como un niño. Abrió la boca, sin saber bien qué decir, pero por suerte Silvana le ahorró el mal trago de tener que inventarse una excusa para lo que no podía explicar de ninguna de las maneras. Los ojos le resplandecían como si estuviera a punto de sonreír mientras apretaba sus pequeñas manos contra su camisa.
- Márchate ahora -le dijo en voz baja-. Se está haciendo tarde. Tu hermano estará buscándose por todas partes. A mí ya sabes dónde encontrarme, y además... -Se acercó más a Mario para susurrar en su oído-: Me has dado una nueva razón para vivir. Por ahora.


(Mario y Silvana, Las Eternas, Victoria Álvarez)

El tiempo, cuando la vida ha dejado de tener sentido, parece pasar más despacio de lo normal, porque se resiste a darnos la posibilidad de recompensarnos. La existencia deja de depender del ángulo de unas agujas; da lo mismo que marquen las seis menos veinte que una medianoche eterna en la que no podemos encontrar más que sombras. Los días que a Mario le parecían interminables se convirtieron en semanas, y las semanas en un mes completo, y cuando quiso darse cuenta se había acostumbrado de tal modo a cargar con su dolor silencioso y desesperado que casi tenía la sensación de haber nacido con él.

(Las Eternas, Victoria Álvarez)

- Mario -le dijo Silvana de repente en un tono muy extraño-. Date... date la vuelta...
Al hacer lo que la muchacha le pedía sintió que se le desbocaba el corazón. Alguien los espiaba desde la oscuridad, sentada sobre la última lápida a mano derecha. Una niña de cabellos rizados cubiertos por un aparatoso sombrero. A su alrededor había toda clase de peluches y juguetes de cuerda y un puñado de caramelos que relucían como piedras preciosas sobre el nombre que estaban buscando.


(Silvana, Las Eternas, Victoria Álvarez)





VICTORIA RODRÍGUEZ

- Admite que me estabas mirando y te dejaré bailar conmigo.
- ¿Me dejarás? -ella hizo una mueca, divertida y más relajada-. Eso ha sonado muy arrogante, ¿no crees?
- Lo justo para llamar tu atención, ¿lo he conseguido?
Por completo. Estevanía contempló al chico arrobada; era el primero que se acercaba a ella dispuesto a entretenerla en una de aquellas reuniones.
- ¿Por qué quieres bailar conmigo? -se atrevió a preguntar, deseosa de que le regalaran los oídos.
Él se acercó un paso y se inclinó para susurarle muy cerca de su rostro:
- Porque eres la más bonita de la fiesta.


(Gareth y Estevanía, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)

- De acuedo, Gath -le contestó resignado-. Me quedaré por aquí por si me necesitas. He visto a un par de chicas que me pueden hacer compañía mientras espero.
- Siempre estás pensando en lo mismo, Kay. Estás enfermo.
- Enfermo de amor, mon ami.
Gareth soltó una carcajada al otro lado de la línea.
- Lo que tú piensas hacer con esas chicas no tiene nada que ver con el amor, Kay.
- ¿Quién lo dice? -preguntó con un falso aire ofendido-. Yo no tengo la culpa de quererlas a todas...
Más risas. Kay era incorregible y, a esas alturas, dudaba de que pudiera cambiar. Claro que, ¿quién quería que dejara de ser el sinvergüenza del grupo?


(Gareth y Kay, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)

Los ojos asesinos del chico centellearon con furia. Se abalanzó de nuevo sobre ella y la aferró del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás. Le habló pegándose a su cara, imponiendo su fuerza y su estatura para arredrarla.
- ¡Ya lo creo que recordarás, bruja! Yo te obligaré, aunque tenga que sacarte de dentro el alma maldita que escondes.


(Gareth, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)

- Me llamo Kay -se presentó-. El solícito caballero que te ha ido empujando todo el camino es Owein; este grandullón de aquí -dijo palmeándole el pecho al de la barba-, es Astamor. Nuestra enfermera oficial a falta de un buen médico, es Meliagunt. Y el torpe que yace en la cama por no haber sido lo suficientemente rápido con la espada, es Gareth.
- Kay... -lo llamó el aludido, con la voz muy débil.
- ¿Si?
- Capullo.


(Gareth y Kay, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)

- No temáis por mí, bella dama -susurró, guiñándole un ojo al tiempo que se levantaba la camiseta.

(Meliagunt, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)

- Tienes razón... pero sé cómo podemos hacerle frente. Sólo necesitamos un arma igual de poderosa quela espada de Arturo. Un arma forjada con la magia antigua de los dioses, como Excalibur.
- Ya -protestó Kay-. ¿Y qué, la compramos en la armería más cercana o la encargamos por e-bay?


(Morgana y Kay, Los Guardianes de la Espada, Victoria Rodríguez)


2 comentarios:

Soycazadoradesombrasylibros dijo...

cada vez que leo algo sobre este libro,se me ponen los pelos de punta,es fantastico y las frases que has elegido no puedo mas que decir ;) oleee

Talisman Dreams dijo...

Me llama la atención este libro, a ver si puedo leerlo... cuando despeje un poco los pendientes que tengo O.O

Un besito!